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viernes, 29 de mayo de 2015

Hablemos por nosotras

Ayer fue el Día Internacional de Acción por la Salud de la Mujer, momento ideal para que retomemos el diálogo por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Hablemos como deben hablarse estos temas, con la madurez de una sociedad pensante, de una sociedad que se reconoce bajo el concepto de cuerpo. No hablemos desde las creencias religiosas de unos u otros, desde los preceptos morales de tal o cual, ni desde las formas de ver la vida de algunos. Hablemos desde la realidad misma que nos involucra, aunque equivocadamente hayamos pensado que en este caso no.

En  Argentina se realizan 22 millones de abortos inseguros por año que causan la muerte de 47 mil mujeres y discapacidad en 5 millones de ellas. Estas mujeres son, en un altísimo porcentaje, mujeres de bajos recursos, mujeres pobres. Otro número similar de abortos se realizan, también clandestinamente, pero bajo la supervisión de médicos y con las condiciones sanitarias necesarias para tales prácticas; estos tienen un costo elevado, por lo tanto quienes se los realizan son mujeres de mayores recursos, estas mujeres no mueren.  Ante la contundencia de los números, mirar hacia otro lado o negarnos a hablar del tema nos convierte en cómplices hipócritas.

Retomando la concepción de la sociedad como un cuerpo, estas 129 mujeres que mueren por día a causa de abortos clandestinos e inseguros nos obligan a dejar de lado nuestros criterios personales para abocarnos a un debate serio sobre la necesidad de solucionar un problema que nos está carcomiendo como una gangrena.  Es necesario enfrentar lo que sucede, y no, no alcanza con gritar “me opongo”; todos debemos debatir con argumentos serios y someternos a desnudar nuestras más profundas carencias ante los hechos consumados de algo que sucede desde hace muchos más años de lo que la mayoría de las personas alcanzan a suponer.

La Iglesia, la Fe y la Moral vs la Conciencia Social. Si bien esto parece ser una contradicción en sí misma y las tres primeras deberían orientarse a acrecentar y fortalecer a la segunda, lo cierto es que los seres “humanos” hemos construido con ellas murallones tan altos como divisorios que nos han ocultado por completo el verdadero significado de esta última.  La conciencia social no es más que el amor por el otro, y la búsqueda incesante del bien común; aunque el bien del otro muchas veces esté reñido con nuestras posturas ante la vida. Frente a lo inevitable de sus decisiones, nuestras opiniones tienen que estar enfocadas a salvaguardar ese bienestar ajeno que nos compromete como parte de una misma sociedad-cuerpo.

No estamos abriendo una puerta a lo prohibido, estamos decidiendo sobre hechos concretos que no dejarán de suceder solo por negarnos a hablar, debatir y decidir. Nuestro rol, como parte de esta sociedad que nos tocó en suerte, imperfecta y muchas veces dolorosa, es hablar tanto como sea necesario. Madurar en el diálogo y el debate inteligente, pensante, informado. Cuanto más hablemos, aún en nuestras más profundas divergencias, más cerca estaremos de alcanzar la meta de trasladar este debate al ámbito institucional, y que nuestros gobernantes hagan lo propio ante tamaña demanda social. En estos tiempos en que se enarbolan como demandas sociales  simples reclamos de algunos sectores, cuánto más importante y abarcativo es el reclamo de frenar con la escalofriante cifra de muertes que suceden día a día por abortos inseguros.

“Si sale la ley del aborto nadie se va a cuidar porque total les vamos a pagar los abortos entre todos”, enunciados como este no solo te convierten en un pusilánime ignorante, sino que nos arrastran a todos a la época del garrote y la caverna. Una ley no empujará a las mujeres en masa a abortar; pero sí les dará a aquellas que de todas maneras lo harán la seguridad de sobrevivir. Asegurar la salud y la vida es un derecho que no podemos negarle a nadie, aunque no te gusten sus decisiones ni forma de vida. Y aunque pienses de manera tan rudimentaria, también sos necesario para el debate, argumentá, hacete escuchar y escuchanos.  Esta sociedad-cuerpo de la que sos parte te está reclamando que participes, pero no con gritos de oveja obediente, sino con argumentos claros. Para eso comencemos por dejar de lado la ficción de videos escatológicos y absurdos, debatamos con argumentos científicos y datos reales. Tu ceguera, haya nacido en la fe o en la moralidad que te inculcaron, no puede acabar con la realidad; solo la va a empeorar.

Ante la contundencia de los números es de necios negar que cada uno de nosotros conoce de cerca a una mujer que atravesó esta situación. Será entonces necesario derrumbar murallas, aceptar miserias propias y familiares, sacarnos las caretas y comenzar a construir una sociedad mejor para todos.

La otra cara de la moneda son aquellos que piensan que toda mujer que aborta debe morir. Comencemos pues a juntar piedras, porque de ser así, estaremos viajando sin retorno a la época de los apedreamientos. Entonces sí, dejaremos definitivamente de ser un cuerpo-sociedad para convertirnos en pequeños y mutilados trozos de lo que alguna vez debió ser una unidad fuerte y avasallante, aún en las más profundas de nuestras diferencias.