No es posible quedarse a contemplar el ombligo de ayer y no ver el cordón umbilical que aparece a medida que todos los días nace una nueva Argentina a través de los jóvenes.
Arturo Jauretche
Con la desaparición física del ex Presidente Néstor Kirchner, se sucedieron una cantidad de hechos que despertaron preguntas en el común de la gente, y sobre todo -aunque lo encubran- en la oposición.
La pregunta que más impacto ha tenido en la calle y en todos los medios –tanto tradicionales como alternativos- es: ¿cómo hizo Néstor Kirchner para enamorar a los jóvenes de esa manera?, ante las inocultables imágenes de dolor manifestadas a lo largo de los tres días que duró la despedida de un Pueblo que sintió, con incontenible tristeza, su pérdida.

Ser militantes es mucho más que salir a bancar los trapos en una marcha. Ser militante es una verdadera reivindicación de la naturaleza luchadora de todo ser humano, de sus derechos y de su historia. Es reencontrarse “en” y “con” el otro para compartir sueños y caminar tras ellos. Es movimiento y, por sobre todas las cosas -a riesgo de sonar cursi- ser militante es una decisión entrañablemente ligada al amor.
Y eso, justamente, es lo que nuestros jóvenes esperaron por años.


Eso, y mucho más, es ser militante. Y mal que les pese a tantos, a eso sólo pudo encenderlo el fuego de alguien que lo había vivenciado mucho antes que todos nosotros.
Tal vez ahora se comprenda cómo hizo Néstor Kirchner para enamorar a tantos jóvenes. Tal vez ahora vean que él fue el militante que todos ellos querían ser, porque les mostró que se podía, que no era una mala palabra y que ellos eran los herederos naturales de su paradigma para salir a luchar por las utopías realizables. Lo hizo con su ejemplo. Nada más. Nada menos.